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INSTALACIÓN Y PINTURA
Desde algún lugar inasible implícito en la trama de evocaciones guardada por Gabriela Gutiérrez, surgió la cadena asociativa cuya primera señal fue la piel, que desembocó en una de las piezas claves desplegadas en su actual producción: el tapiz donde se repiten fotográficamente, como un sintagma visual, las faenas del campo: allí se ve al ganado penetrando en fila por la manga para ser bañado, ordeñado o sacrificado. Inevitablemente, surge aquí el recuerdo de El Matadero, una novela capital en la literatura argentina del siglo XIX escrita por Esteban Echeverría.
Pero si el autor del cono sur aborda el tema mediante un naturalismo que reencarna la naturaleza del mal en toda su utilitaria y culturalmente aceptada dimensión, la artista mexicana disminuye el voltaje de la crueldad en su tratamiento del mismo asunto. Y lo hace mediante el recurso warholiano de neutralizar o rebajar la tensión mediante la serialización de las tres o cuatro imágenes que llenan el tapiz.
A partir de ese enclave, esta pieza de gran tamaño realiza una apertura explícita de aquello que vibra entre “alucinación” y “deseo”. En otras palabras, otorga un relativo estatuto narrativo a una secuencia biográfica subsumida hasta entonces en la duermevela de la memoria. Al mismo tiempo, el proceso intermediador que va desde el hecho en si (lo real) hasta su reproducción fotográfica y su impresión final (la realidad otra), establece un encadenamiento homologable de modo leve, apenas perceptible, con la sinuosa elipsis que recorre los estratos de ese subsuelo inextricable formado por los ángulos, el vaivén del pensamiento.
Y entre tanta semivigilia, el deseo se expande hacia un desvío insinuado por los objetos de piel y por los restos: el pelo de animal y el pelo humano incrustados en algunas pinturas para remarcar su incisiva expresividad y recordar que en su faz oculta vive, al acecho, el eco de la muerte: otra baraja del desvío... y el vacío. En tal contexto, cabe mencionar una acción de alto contraste: los cuadros que, aún con la inquietante presencia de residuos, deslizan una función poética más lírica.
¿Es posible comparar la alucinación con lo ficticio? La espectral figura cuya falda forma una cascada de cabellos, mezcla de niña y bruja descabezada parece decir que sí.
El otro núcleo central de la exposición está constituido por una sucesión de islas realizadas con la misma piel que construye a los demás objetos. A partir de este punto en común la inflexión generada por lo derivado de la materia corporal, permea una vuelta de tuerca que reemerge bajo la esfera de una topografía inventada, un espacio de tierra socavado en sus profundidades por enigmas que poseen lazos simbólicos con el secreto de la memoria. ¿Qué es una isla sino una desgarradura del continente? ¿Sólo desgarradura? No, esa grieta puede renacer como una brújula orientada hacia regiones que aún conservan un esbozo de luz.
Finalmente: Gabriela Gutiérrez aceptó el riesgo de consumar una obra que juega con los límites de lo visceral.
Lelia Driben
Lugar: Museo de la Ciudad de Querétaro. México
Fechas: Del 3 de agosto al 7 de octubre
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